Su amada hora llega día a día sin falta,
la conexión que siente desde pequeño no la abandonó
hasta que perdió la luz en sus ojos.
Desconectar el iris significa conectar el arco a la realidad,
quizás pura, quizás fresca, quizás dura; pero siempre quizás.
De la amargura no se salva el ojo humano,
él quién soñaba con sentir lo mismo día a día
fue descubriendo que en realidad el día a día
es solo imagen de ilusión.
En su juego de confusión la mente no para,
hoy amarillo, mañana negro,
diferente dependiendo el capítulo.
No hay marcha atrás en este paradigma,
no hay regresos en el presente, toda vuelta es pasado
y el pasado está muerto inclusive en este momento.
Sin significados y confundidos por lo que viene,
solo nos detenemos a vislumbrar su hora favorita,
su momento del día.
Donde brilla oscuridad e ilumina lo sagrado,
pintado en negro el sol dibuja una mancha en su ojo
qué tal como su iris,
hace que piense en que el atardecer ya está muerto
y en qué el presente es un negro atardecer.
«¿Por qué siempre buscamos sentir? Solo hay que sentir, sin buscar.»
— Alejo Mons.